Pequeño Retablo

Pequeño retablo de San Lorenzo, diácono y mártir

En la ciudad de Huesca, en Aragón, en el siglo II, hacia el año 210 de nuestra era, nació un niño en el seno de una familia cristiana. Le pusieron Lorenzo.

Al abrigo de sus buenos padres, Lorenzo fue educado en el amor a Dios y a los hermanos. Eran tiempos de persecución, especialmente en Roma, la capital del Imperio. Jesús ya lo había anunciado a sus discípulos: "COMO ME HAN PERSEGUIDO A MI,TAMBIÉN OS PERSEGUIRÁN A VOSOTROS. NO TENGAIS MIEDO DE LOS QUE MATAN EL CUERPO, PORQUE NO PUEDEN MATAR EL ALMA"

Y fue así que, de joven, San Lorenzo dejó su casa y se fue a Roma, con el deseo de ayudar a sus hermanos.

El Papa Sixto II lo nombró diácono de la Iglesia romana. Entre otros servicios, los diáconos se encargaban de distribuir las limosnas de la comunidad cristiana entre los pobres y menesterosos.

Por aquella época, el emperador Valeriano, como sus antecesores Nerón y Calígula, perseguían encarnizadamente los cristianos. El Papa Sixto, ya anciano, fue detenido con los demás y conducido a la cárcel.

Al enterarse Lorenzo corrió a su encuentro y le dijo:

"Donde vais, padre sin vuestro hijo? Hasta ahora nunca habíais ofrecido el Santo Sacrificio sin tu diácono. Es que desconfíais de la fe de vuestro sirviente o pensais que no soy lo suficientemente valiente para acompañaros en esta hora ?. Me quereis dejar solo y desamparado?"

"Hijo mío: todavía no ha llegado tu hora, respondió el Papa. Pronto me seguirás. Sigue haciendo tu servicio generoso distribuyendo entre los pobres y necesitados los bienes de la Iglesia. Que Dios te bendiga."

Lorenzo cumplió el encargo del Papa. Socorrió todos los que pudo que estaban escondidos en cuevas por temor a los soldados romanos; ayudó a los enfermos y repartió entre los necesitados todo lo que se le había confiado.

Mientras tanto, los soldados que habían oído la conversación entre el diácono Lorenzo y Sixte, se lo dijeron al emperador, cruel y avaricioso, mandó que Lorenzo fuera detenido inmediatamente.

Llevaron Lorenzo en la presencia del Emperador y éste le dijo:

"Me han dicho que se te han confiado las riquezas de la Iglesia. Si quieres seguir viviendo, me las tienes que entregar enseguida"

"César, me has de dar tres días y algunas carretas para poder llevarte las" respondió Lorenzo.

Vigilado por los soldados del emperador que no comprendían lo que hacía Lorenzo, éste se dedicó a recoger todos los licidos,cojos, enfermos y pobres que socorría y se presentó con ellos ante el emperador.

"Aquí teneis, los verdaderos tesoros de la Iglesia. Para ellos dio la vida Nuestro Señor Jesucristo. Ellos convierten nuestras pobres limosnas en tesoros inestimables.

El Emperador Valeriano, sintiéndose burlado y el hazmerreír de aquellos desgraciados, lleno de rabia mandó que Lorenzo fuera azotado y condenado al peor de los tormentos: ser quemado vivo encima de unas parrillas.

Los verdugos estiraron Lorenzo en aquel instrumento de suplicio, lo ataron con cadenas y encendieron la hoguera.

Durante el tormento, Lorenzo dirigió estas palabras a su verdugo:

"Ya puedes girarme, porque ya estoy cocido de este lado."

Y dirigiendo su mirada al cielo dijo antes de morir:

"Gracias, Señor, por haberme concedido entrar en vuestro Reino."